jueves, 18 de abril de 2013

La oreja de en medio


Hace tiempo un hombre muy codicioso y aventurero se ganó el amor de una bella mujer. Esta mujer era Daniela. Todos los hombres del pueblo perseguían a Daniela, todos querían a Daniela. Daniela era bellísima. Pero el codicioso y codiciado Señor seguía paseando a Daniela como a un trofeo, para así empapar las calles de babas y que las mujeres se escandalizasen (pues la paseaba casi desnuda). Con el tiempo se hizo poderoso, reinó su propio palacete y se casó con la bella Daniela.

En el pueblo vivía un joven que no había amado aún. Siguiendo el consejo de su padre nunca se acercó a palacio y se escondió aquella vez que el Señor paseaba su recompensa. El joven quiso dedicar su vida a las labores del campo. Se llamaba Mateo y era igual de joven que la princesita. El padre de Mateo un día temprano le llamó porque una borrega iba a dar a luz. Pero no tenían donde apoyar los recién nacidos. Corrió pueblo abajo y pueblo arriba en busca de un mantón de lana para acobijar a los cabritillos, pero no encontró más que hiedra verde en el suelo. Corrió de nuevo el niño, esta vez a su casa, y le preguntó a su padre qué podía hacer. El padre muy agitado le respondió: Ve al palacete del Señor y pide prestado una sábana de lana; Ofrécele al Señor dos de los cabritillos que nazcan.

Así hizo el niño. Fue corriendo al palacete, que estaba muy lejos, muy cerca de Londres, y llamó al portón. Cuando el chico explicó el asunto al mensajero del Señor, éste marchó a avisarle y el Señor dio la orden de recibirle. En la gran sala del palacete entró el joven Mateo para ver por primera vez a la bella Daniela. Entrecortadas sus palabras por la dama no entendió el Señor lo que quiso decir y tuvo Mateo que escribir lo que realmente su boca pretendía: “Señor, mi padre me manda para ofrecerle dos cabritillos sanos y recién nacidos a cambio del préstamo de una manta de lana”. El Señor no quería darle nada a cambio de menos, pero le hizo reír el ver al crío tan nervioso ante su trofeo. Alzó la mano todopoderosa e hizo mandar traer la mejor lana de todas las tierras. El Señor quería ver a ese pobre chiquillo nervioso de amor, avergonzarse ante la bellísima Daniela. Irónicamente dijo: “Chico, para coger una buena lana sabes que tienes que pagar mucho más que dinero, ¿Verdad?” El chico solamente pudo afirmar con la cabeza esperando lo peor que se le pudiere ocurrir por semejante osadía (pedir prestado al Señor, sin darle dinero a cambio). Pero el Señor ese día quiso saciar su aburrido corazón con un juego de críos. Hizo rozar con los dedos del mancebo los senos de Daniela, pero el chico se resistía recordando los consejos de su padre. “Chico del demonio, ¿Osas no paliar mi aburrimiento?” Y el chico llorando colocó la mano en uno de los senos de la mujer. Después arrimó fieramente las bocas de los muchachos que se besaron durante tres minutos. En esos minutos Mateo el joven tuvo tiempo de mirar los ojos de Daniela, de rozar con su cuerpo el suyo propio, de oler la fragancia que perfumaba, de sentir el calor del nacimiento, de enamorarse entero de ella. La bella Daniela solo miraba los ojos del joven. No hacía más.

Una vez el Señor consiguió enamorar al chico y se rio lo bastante le dio lo prometido y volvió a sus aposentos a dormir y a seguir admirando su precioso trofeo. El chico cabizbajo volvió a su casa con la manta y ayudó a dar a luz a la borrega. Justo después se puso a llorar más incluso que los cabritillos. El padre no entendía nada, ¡El chico había conseguido gratis la mejor manta del reino y estaba llorando! No podía ser verdad. Cuando el chico pudo calmar sus ojos explicó al padre lo que había sucedido y el padre comenzó a reír y a reír y a reír. No podía parar. Su hijo se había enamorado y estaba llorando de pena; “¡Alegría hijo mío, alegría! Que el amor no mata a nadie”. “Padre, no le entiendo, ¿No quiso usted que ni siquiera me acercara al cuerpo de la mujer?” “Claro hijo mío, para que no te enamoraras de la carne, sino de la tercera oreja”.
El chico se quedó sorprendidísimo mientras el padre seguía riendo, ¿La tercera oreja? Se preguntaba el pobre chiquillo, pero el padre estaba demasiado puesto en su risa. Pasó un día y medio; el chico volvió a preguntar a su padre. Calmado de risa le facilitó la respuesta: “Aquella que solo escucha al que realmente quiere, la oreja que está en medio, aquí, debajo del pecho.” Seguía el pobre sin saber, y se puso a llorar. El uno lloraba y el otro reía.

A la semana siguiente se oyó el grito del Señor por todo el valle. El padre de Mateo se levantó corriendo y despertó a su hijo: “¡Los guardias del Señor vienen a por ti!” Mateo el joven corrió como nunca, pero los guardias le alcanzaron y le apresaron. El padre no paraba de gritarle: “¡La oreja del medio! ¡La oreja del medio!” Y el chico fue llevado a palacio, ante el Señor. “¿Qué le hiciste a mi Daniela? ¡La envenenaste!” La sala estaba cubierta de médicos y de payasos y de juglares y de zapateros y de sastres y de cocineros. Todos venían a ver lujuriosos qué le pasaba a la pobre Daniela. El chico no pudo explicarse lo que pasaba, no comprendía nada, pero sentía algo en el estómago que le hacía vibrar mucho. “¡Ve con ella y cúrala!” Pero el chico seguía sin comprender. Hasta que el Señor se dispuso a hablar: “Hace más de una semana que no me escucha Daniela. Ya no me mira cuando le hablo, ¡Se ha vuelto sorda! ¿Qué le has hecho vil impostor? Yo que te abrí las puertas de mi casas y te regalé la lana de mi mejor borrega ¿Qué has hecho?” El chico seguía sin comprender. “¿Se merece este chico mi respeto?” gritó en la sala el Señor a todo el público presente “¿Merece seguir con vida después de quitarme la mía?” y todos falsamente enfurecidos gritaban injurias y “noes” contra el joven Mateo. Pero el joven Mateo se alzó con valor y gritó cabizbajo, sin mirar los ojos del Señor: “¡Es que no le hablas a la oreja de en medio!” Y todos los presentes se mondaron de la risa y se tiraron al suelo. Pero el chico seguía seguro: “No le habláis donde teníais que hablarle, no sabéis tratar a una mujer”. Y seguían las risas en el salón: “Solo miras el cuerpo del pato, mientras los demás miramos el paté”. La sala quedó calmada y pronto volvieron las risas y burlas contra el joven. Pero el Señor habló y los demás callaron picos. “¿Quieres decir que no la amo como se merece? Enséñame pues”. El chico no dudó ni un solo momento. Se acercó al Señor y le juró que si aguardaba en la sala con todos los súbditos volvería a escuchar la bella Daniela. Pero el Señor siempre desconfiado obligó al joven a permitirle el paso junto a él. El joven Mateo aceptó.

Entró el joven Mateo al cuarto junto al Señor y dos doctores. El Señor se puso inmediatamente a gritar como un loco el nombre de Daniela pero Daniela no hacía caso. Él se acercaba más y más, pero Daniela escuchaba lo mismo. El joven, harto de tanto disparate, hizo callar al personal presente y rogó calma y tranquilidad. Ordenó al Señor y a los curas pegarse a la puerta mientras él se acercaba a la bella moza, ensimismada en el ventanal. El joven Mateo se acercó y la susurró algo al oído. Después le sostuvo el pecho derecho con su mano y le giró la cara. Algo más tarde y, para asombro del Señor, la besó en los morros y saltó con ella el ventanal hacia el prado para huir de ese horrible lugar. Daniela escuchaba perfectamente todo, solo que su oído se había acostumbrado al ruido de los cerdos y no escuchaba ya palabra alguna, sino gemidos y gritos sedientos de cuerpo. Solo una palabra le hizo cambiar el tímpano de registro, ¿A que no saben cuál?

El joven Mateo amó más que nadie a la joven Daniela y se casaron y tuvieron varios hijos. De la belleza de estos hijos fueron considerados padre y madre como dioses y le levantaron un templo y un palacete justo en la otra punta del mundo. Mateo paseaba todas las mañanas con su esposa por su jardín y los pueblerinos de la zona babeaban las zarzas que separaban el pueblo del palacete para que los plebeyos no pudieran pasar. Nunca enseñó a nadie Mateo a su Daniela, nunca jamás y se colmó de su amor sólo él, sin dejar para los demás.

Sabed que la Fortuna no busca al bueno para recompensarlo, sino que juega a ser buscada. Simplemente hace oídos sordos al que la aborrece por materia y se solapa al tacaño que la mece debajo de su piel. Tacaño lo fue más el que al Dinero guardó para contemplarlo día y noche y atardecer que el que malamente lo usó; pues este último al menos utilizó como debiera ser utilizado todo hijo de Satán: De mala gana y con mala forma.

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